Defectos y huevos

Cuando escucho frases hechas, me queda la sensación de que no se quiere decir nada, y se rellena el aire con palabras. Me da una impresión de no estar comunicado, como si al hablar por teléfono me quedara hablando solo.palabras

Por ejemplo, muchas veces he escuchado a muchas personas decir frases como “… mis virtudes y mis defectos, que tengo como cualquiera…”. Esa es una frase muy fácil de decir, y políticamente correcta. Quien la dice queda como alguien autocrítico y sensato; ubicado y con una perspectiva clara sobre su situación. Eso es fácil.

La parte difícil –siempre la hay- es entrar en detalles sobre esos defectos y virtudes. Sí, nombro ambos extremos porque también es difícil hablar sobre las virtudes que se poseen sin sentir que los demás nos van a ver como un engreído. Naturalmente, hablar concienzudamente de los defectos propios es muy complicado, pero aún así, voy a ser fiel a mi intención de honestidad y lo voy a intentar lo mejor que pueda.

Soy soberbio. A raíz de esto me cuesta bastante reconocer que me equivoco. Por eso intento racionalmente buscar primero los errores que cometo, para dejarlos expuestos y de esa forma hacerles frente. Pero por dentro me estoy puteando al no poder creer que los haya cometido. Y acto seguido, me castigo duramente por haber incurrido en ellos. Prueba de ello son estas líneas y las que siguen. No creo en la humildad, es un “producto” sobrevalorado e inútil, y sólo se expresa para agradar a los demás o para disfrazar socialmente el verdadero ser. Lo valioso es saber reconocer tanto limitaciones como potencialidades propias. A quien haga eso con honestidad innegable, le admiro profundamente.

Soy rencoroso. No olvido, nunca olvido. Me resulta imposible. Tengo memoria para las cosas buenas pero también para las malas. Por eso cuando me brindo lo hago honesta y cordialmente. Cuando me devuelven una respuesta que siento no merecer, me retiro; simple y directo, toda explicación está de más en esas ocasiones. Me molesta muchísimo que intenten convencerme de que soy el malo de la película por enojarme. Mucho tiempo reprimí esto, para ser aceptado por los demás y me sentí muy mal conmigo mismo por esta obsecuencia absurda. Si quieren pensar que soy rencoroso… bueno, lo soy y listo. Todos satisfechos.

Soy inexperto. Tengo cerca de 40 años y hay muchas cosas que no hice en mi vida, y otras que hice muy tardíamente como para que su efecto fuese preponderante. Sé claramente que estoy en desventaja con la mayoría de las personas que conozco, y eso me provoca una sensación de inseguridad que intento derrotar forzándome a ser siempre mejor, a superarme en lo que me toque hacer, y queda más que claro que lo logro pocas veces. Me fui de mi casa paterna a poco de cumplir 32 años. Recién luego de mi divorcio hace poco más de un año estuve expuesto a vivir solo y a resolver las cuestiones cotidianas que todos tienen que afrontar desde más temprano.

Soy nervioso. Mis uñas pueden dar buena fe de eso. Si bien no tengo vicios nocivos como fumar, tomar en exceso o drogarme, el aspecto de mis uñas me da mucha vergüenza. Nunca lo pude dominar, y supongo que estoy empezando a resignarme. Aunque sirva de poco, intento pensar que la angustia y los nervios o la tensión se canalizan por ese lado y después de todo no es peligroso para mí ni para nadie.

Soy irónico. He escuchado que es un defecto de alguien que se burla de los demás, aunque en realidad no sea mi intención. Algunas veces causa gracia, pero admito que muchas veces debo ser hiriente. Del mismo modo, cuando recibo ironías hacia mi persona, me potencio y duplico la apuesta indefinidamente, al punto de hacer que la otra parte se abstenga de continuar. No soporto que quieran herirme, respondo sin dudar y con decisión.

Soy inseguro. Doy muchas vueltas antes de dar un paso –por más ridículo que sea-, por temor a equivocarme y tener que lidiar luego con las consecuencias. Una vez que decido y avanzo lo hago trémulamente y lleno de dudas. Eso me da mucha bronca, y entiendo que es algo que nunca lograré cambiar, sino tal vez algún día aceptar.

balanza desigualLas virtudes que logro encontrar no tienen demasiado peso, para ser sincero. Soy ordenado y prolijo, soy amable en el trato general con los demás, y responsable en el sentido de que cumplo con mis obligaciones hacia otros. En general, poca cosa. No soy creativo, ni original. No tengo mucho que ofrecer, ciertamente. Soy promedio, con algunas cosas buenas como sentido del humor tal vez, pero no mucho más que eso.  Soy honesto, en el sentido de que no puedo ocultar algo que pienso, termino diciéndolo más temprano que tarde. Me molesta también que no lo sean conmigo, sonrisas falsas o de compromiso me rompen bastante las pelotas, porque siento que me tratan de boludo. Soy directo, aprendí que eso me ayuda a liberar mucha tensión o bronca acumulada.

No soy nadie especial, ni mejor ni peor que otros. Inclusive veo más claro mis defectos que los ajenos. Y ya aprendí a diferenciar varias cosas que me hacen mal; solamente intento elegir aquello que creo que es mejor para mí.

Una lente muy personal

Siempre me gustaron las metáforas. En casi todas las ocasiones, las veo como una cómoda y eficaz manera de describir lo que veo. Conozco algunas personas que comparten -sin darse cuenta- esta preferencia por las comparaciones dialécticas. Desde hace un tiempo a esta parte, le he dado forma a una metáfora sobre la manera en que percibimos la realidad que nos toca. Y aquí la comparto.lente

Imagino que cada uno de nosotros ve las cosas a través de una lente que como tal, posee ciertos elementos típicos. Uno de ellos es el zoom. Vemos las cosas que nos rodean –nos ocurran a nosotros o no- con un zoom que, dependiendo de las circunstancias ocasionales, muestra mayor o menor aumento. Es así que a veces escuchamos que el tiempo permite ver las cosas de otra manera, tomar cierta perspectiva distinta a la que teníamos, o lograr cierta distancia para apreciar el panorama y ganar en relatividad en torno al contexto en que sucedieron. En la medida en que la tristeza nos gana y nos abruma el dolor, ese zoom se ve aumentado al máximo, mostrando detalles que antes no veíamos mientras que la lente se “ensucia” dejando ver sólo ciertas cosas y ocultando otras. Cuando este período transcurre, el zoom vuelve a un nivel “normal” desde el cual podemos tener algo más de panorama y volvemos a cierta calma para imaginar algo mejor, o por el contrario, descartar lo que creímos que era posible. Por otro lado, está la “tonalidad” de la lente, que vamos adquiriendo desde nuestra infancia a medida que ganamos experiencia. Es por eso que ante similares situaciones, distintas personas pueden ver el mismo escenario o no. Ese tono que nuestra lente va tomando es difícil de cambiar, porque no controlamos el proceso. Simplemente va tomando un color que solamente podemos percibir cuando lo vemos contrastado con el de otra persona.

A mí esos “efectos” de la lente me ocurren con la paternidad, un tema con el cual tengo sinceramente muchos traumas; toda vez que veo un bebé, tengo emociones encontradas. Por un lado, es una ineludible sensación de simpatía al ver una criatura tan pequeña, indefensa, y todavía no contaminada por lo que vendrá. Es un milagro que se renueva diariamente, y he escuchado que le cambia la vida a aquellos que veo como privilegiados. Por el otro lado, es un recuerdo permanente -en realidad reproche más que recuerdo- sobre una de las tantas metas que no cumplí en mi vida. Aunque suene raro, tengo conciencia de que utilizando la palabra "cumplir" implícitamente se deja entrever un sentido de obligación al respecto. Tal vez más apropiado sería utilizar el verbo "alcanzar", que suena más positivo. Sin embargo, no me salió así. Supongo que además de no estar a la altura de esa trascendental circunstancia, si me tocara vivir esa experiencia la sentiría como un deber cumplido. Nada más desaconsejable, a decir verdad. Y se me ocurre ahora que como en otros órdenes de la vida -y acaso en éste en particular, más todavía- cuando uno encara o inicia un camino por obligación, los pasos son más pesados.

Adicionalmente, ver el comportamiento regular de la mayoría de los padres me recalca las cosas que no tuve de chico, que siempre quise tener y por las cuales sigo penando: aceptación, compañerismo paternal, enseñanzas, y otras cosas que –lejos de solucionarme la vida, algo que no se puede pretender de nadie- me habrían ayudado mucho a evitar varios de los defectos que tengo. Quizás el no haber tenido un padre presente me haya impedido formar en mí la idea de poder serlo en mi oportunidad.

zoom-iconTal vez sea mi destino el de nunca ser padre, no lo sé. Quizás sea una especie de karma. Dicen que cuando las cosas no se dan, es por alguna razón, que no necesariamente debamos comprender.  Tal vez la comprenda una vez que el “zoom” vuelva a su posición normal.  O tal vez casi sin darme cuenta se den movimientos que cambien las circunstancias totalmente y todo fluya hacia cambiar pañales. No tengo manera de saberlo.

Por ahora, mi “lente” no permite tener esa experiencia a la vista y deja una sensación abrumadora de lejanía, casi de imposibilidad, mientras que por la “suciedad” que se adhiere me veo como alguien incapaz de transitar ese camino, mostrándome solamente la enorme cantidad de falencias y carencias que poseo, obligándome a aislarme instintivamente.

Imagino que todavía mi “zoom” tiene demasiado aumento, no quisiera pensar que lo que veo es definitivo.

Rumbo

Abro mis ojos, veo mis pies desnudos. Estoy flotando en el océano. El agua está increíblemente calma, aunque tengo fresco el recuerdo de momentos de tormenta. Mi espalda apoyada contra la madera, no logro distinguir la forma de lo que me sostiene a flote, aunque sé que es imperfecto. Comienzo a entender que su silueta ofrece mayor o menor resistencia a los vaivenes del agua, dependiendo de su fuerza. También aprendo que no está en condiciones de capear aguas turbulentas, me vería en problemas. Sus limitaciones quedan expuestas ante cualquier pretensión inocente. Acepto esto, con un agrio sabor final.

No está nublado, pero tampoco quema el sol. El cielo luce una mezcla engañosa de pálidos celestes y grises con brillos que enceguecen fácilmente. No se ve nada en el horizonte, y el viento es apenas una brisa tan ligera que casi no se nota. El silencio es abrumador, envuelve los pensamientos en ecos infinitos. El itinerario capta la mayor parte de la atención, en mayor medida el transcurrido que el por recorrer.

Por suerte no tengo hambre ni sed, lo cual llama mucho mi atención, ya que esperaba complicaciones por ese lado. No hago esfuerzos, no hay nada que lo justifique. A simple vista –la mía es la única en la escena- nada indica que un rumbo sea más prometedor que otro. Carezco de brújula que me oriente, y el sol no se asoma.

Siento que podría permanecer así por días, meses, tal vez para siempre. Intento pensar qué alternativas tengo, e inevitablemente termino concluyendo que no hay tales. No tengo noción del tiempo, ni siento que valga la pena preocuparme por eso. Estoy como en un inmenso estanque, donde realmente no tiene mucha gracia intentar nada nuevo, porque no habría ningún efecto interesante. La apatía domina el ambiente. Pienso en otros, pero inmediatamente vuelvo a mis problemas, que parecen menores. Pienso en la experiencia, que como generadora de aprendizaje, dejó su nítida lección.

Hoy hace un año exacto que vivo solo. Al comparar noto que algunas cosas cambiaron, aunque el panorama general no es muy alentador. No he salido mucho; siento que no lo hago porque el hecho de ver los inmensos avances que otros logran en sus vidas, no hace más que restregarme en la cara todos los fracasos que he tenido. No estoy hablando desde la envidia; me alegro genuinamente por ellos, pero me entristezco  igualmente por mí. Algunos dirían que es autocompasión. Y tal vez lo haya sido durante los primeros tiempos; ahora más bien es resignación. Sin embargo he logrado subsistir, habiendo incluso logrado ocasionalmente nuevas satisfacciones. Eso ayudó en buena parte a sobrellevar otras emociones. Ha sido un año duro, aunque no el peor. Un año de revisión constante e implacable.  Los defectos de la balsa en la que navego se dejan ver día a día, y me hacen saber que hay cursos que no puedo tomar.

 

mar-abierto

Será cuestión de comprobarlo.

Ganarle a los miedos.

El miedo es un arma poderosa. Apela a los instintos, y éstos son difíciles de controlar. Bloquea el mecanismo del razonamiento frío y deja libre el paso a manifestaciones irracionales en la mayoría de las ocasiones, que se presentan en las situaciones más insospechadas.

Hace casi un año que me vine a vivir solo, por primera vez en mi vida. Los primeros días fueron especialmente duros, por diversos motivos. Naturalmente, el sentimental está a la cabeza del ranking, pero hubo otros que sin ser mayores a aquél, también aportaron su cuota. Podría citar al “lógico” miedo a quedarme solo en mi vida y mucho podría decir al respecto. También hubo otros miedos –más mundanos e inmediatos- como los que surgen del instinto antes mencionado: miedo a pasar hambre y frío, miedo a no poder mantenerme económicamente, miedo a algún accidente doméstico, etc. Todos miedos discutibles y refutables, sin embargo también todos presentes.

Pago el alquiler del departamento donde vivo –todavía me cuesta un poco decir “mi casa”-  generalmente unos días antes de comenzar el mes. Con el tiempo entendí que es por temor a que se hagan una imagen negativa de mí como inquilino y quieran rescindir el contrato, obligándome a salir otra vez a buscar dónde ir. El haberme criado sin sensación de arraigo es una carga que llevaré el resto de mi vida.

Las primeras compras en el supermercado fueron naturalmente más voluminosas que las normales, por tener que comprar cosas que necesitaba y que no se compran todas las semanas. Bajo esa excusa, también compré comida en cantidad superior a la necesaria. Por aquel miedo milenario al hambre. En alguna que otra oportunidad, esos alimentos se vencían o se echaban a perder, inclusive desde allí resulta un absurdo porque terminaba tirando comida. Pero la mente muchas veces nos juega crueles bromas en las que caemos una y otra vez.

Recuerdo que en los primeros días aquí no tenía donde apoyar un plato de comida, ni siquiera tenía platos. Al no tener heladera, comía comida comprada todos los días que, más allá del sabor momentáneo –o de la falta del mismo-, no implicaban nada más que mitigar el hambre. Tuve durante un buen tiempo esa sensación de hospedarme en un hotel al paso, donde cualquier cosa cotidiana se transforma en un pequeño desafío e incomodidad.muebles

Recientemente he comenzado a tener una noción de hogar, que por un lado me calma pero que tampoco quiero abrazar demasiado, para no llevarme otra dolorosa desilusión. Escucho el sonido de la lluvia mientras escribo y siento un alivio de estar bajo techo, seco y con la cena por servirme.  

Todavía llevo conmigo el miedo a otra relación. Siento una gran pena sobre mí, una abrumadora carga de emociones negativas que me hacen sentir una persona sin valor para aportar a una pareja. No quiero ensuciar a nadie con mis miserias y la idea de que una mujer se interese por mí tiene muchas dificultades para instalarse en mi mente. La confianza en mí mismo brilla por su ausencia. Mis defectos no me permiten ver si hay alguna virtud. Aprendo a tolerar la soledad, la tomo como una consecuencia de mis actos, e inevitablemente la siento como un castigo que la vida me impone.

Mantuve una costumbre adquirida de chico, llorar en silencio. Llorar para adentro. Cuando los miedos vuelven y pegan con toda su furia, la angustia se presenta para enturbiar el horizonte. En esos momentos, intento calmarme pensando que hay cosas que no se dan por alguna razón, y que tal vez estoy mejor de lo que en realidad siento.

Intento combatir esa angustia manteniendo la mente ocupada, trabajar con Daniel me ha brindado una enorme ayuda en muchos sentidos. Intento aprender sobre cocina no solo para comer mejor y gastar menos, sino para darme una chance de pensar que puedo hacer algo nuevo, que tengo valor. Me sorprende notar que pasan los meses y logro pagar todo, comer variado y mantenerme saludable por mi cuenta.

Durante los primeros tiempos aquí, girar la llave y abrir la puerta daba paso a una imagen de desorden, de cosas amontonadas, que no hacía nada más que agregar un mudo manto de tristeza sobre mis días. Actualmente el panorama es diferente, cuando llego siento que es mi refugio; donde puedo relajarme y disfrutar de lo mío, sin pensar que no lo merezco.

Termo y mateMás allá de las obligaciones que surjan, gran parte de aquella sensación de tener que hacer algo, se ha ido. Me siento por primera vez dueño de mis horas, no siento tener que rendir cuentas si quiero hacer esto o aquello, por más increíble y extraño que esto suene. Me doy la libertad de pasar una tarde viendo una película sin pensar en nada más que en el momento, con la sola compañía de una buena costumbre que adquirí hace pocos años: el mate.  

Trato de combatir mis miedos con lo que pueda. No detenerme a pensar es una gimnasia para ello, aunque no siempre lo logre. Hago lo mejor que puedo, pero ese juez es implacable.

Un momento de gloria

Nunca fui un virtuoso jugando al fútbol. Más bien lo mío era esfuerzo, ganas, y de vez en cuando algún acierto. En el clásico pan y queso habitualmente me elegían cuando se empezaba a ver lo que quedaba. Por otro lado, tampoco tuve demasiada continuidad para, mediante la práctica asidua, poder disimular las carencias técnicas. Tampoco era malo jugando, siempre tuve un rendimiento regular. Lo fundamental además de la práctica constante es –como en casi todos los órdenes de la vida- la confianza en uno mismo.

ciudad univ Durante la secundaria, esa etapa llena de conflictos e inseguridad que muchas veces nos marca, solíamos jugar al fútbol en el colegio. Más precisamente, en los turnos de gimnasia a los que debíamos asistir en Ciudad Universitaria. Dos veces por semana, si mal no recuerdo, subirme al 160 a las siete de la mañana me garantizaba la asistencia. Y por lo menos uno de esos turnos era dedicado al fútbol.

Cada año se organizaba el torneo entre las diferentes divisiones del turno verpertino al que yo concurría. Tuvimos un buen equipo, salimos campeones los tres años en que se organizó el campeonato, en algunas ocasiones en definiciones realmente drámaticas.

A poco de finalizar el campeonato en segundo año –que habíamos ganado en la última fecha con un gol a siete minutos del final del partido-, todos teníamos entre catorce y quince años. Hubo un día en el que al concurrir a la clase de gimnasia habitual -no era día de partido en realidad- nos encontramos con que el profesor no había asistido. Al estar ya ahí todos reunidos obviamente el fútbol iba a justificar nuestro viaje.

Rápidamente pactamos un partido con un equipo un par de años mayor que el nuestro; nosotros cursábamos segundo año de la secundaria y ellos cuarto. No sé si ellos lograban reunir los once, creo que sí. Para sorpresa de todos -en nuestro caso, grata- el partido fue parejo y terminó dos a dos. Ya a esa altura, nosotros “estábamos hechos” como se suele decir. Sabíamos que eran un equipo superior, y eso sumado a la diferencia física en contra, hizo que sintiéramos en el empate un sabor a victoria.

Pero a alguien se le ocurrió que la cosa no podía terminar así, que teníamos que definir por penales. Ya estábamos cansados para jugar media hora más y algunos se tenían que volver a casa. Fue entonces cuando entre nosotros nos juntamos cerca del área grande del arco donde se iban a patear los penales. Uno de mis compañeros preguntó al aire quién quería patear y luego de algunas miradas se ofrecieron algunos. Yo no me ofrecí porque siempre sentí exclusión a la hora de participar en el juego, mucho menos a la hora de una definición por penales. Sin embargo, faltaba uno para completar la serie de cinco penales. Ezequiel -uno de mis compañeros- me preguntó si me animaba a patear. Sin dudar, le dije que sí, que no tenía ningún problema en patear, pero que no había dicho nada porque siempre arreglaban sin consultarme.

Una vez acordados los cinco ejecutantes, había que elegir el orden de tiro. Naturalmente nadie se animaba a patear primero, y ahí dije tranquilamente: “Voy yo”. Me miraron con incredulidad y tal vez algo de desprecio, como anticipando que la iba a tirar a la calle. Como en cualquier ocasión de penal, se hizo un silencio en el lugar. Creo que casi podía escucharme el corazón latiendo.

penal El arquero era un pibe bastante robusto – creo que le decían “Gordo”- y además era alto. Pese a esto, era bastante ágil, lo habíamos comprobado durante el partido. Abría los brazos como mostrando que tapaba el arco completo. Como no sé pegarle con fuerza y dirección al mismo tiempo, tomé poca carrera para el remate. Soy diestro, por lo que me volqué levemente hacia la izquierda de la pelota.

Muy recto” escuché que alguien dijo. Hasta podría decir que sé quién hizo la observación; digo esto porque sé que no lo hizo con la intención de corregir mi posición, sino para ponerme nervioso. Lo único que vale la pena aclarar es que era de mi propio equipo…

El terreno de juego en las áreas era solo tierra, no quedaba pasto. Avancé esos pocos pasos y le di a la derecha del arquero, con una concentración tal que aquella molesta observación fue lo único que llegué a captar en esos segundos previos. Levanté la vista y vi que la pelota subía y se dirigía al destino que había pensado segundos antes, mientras el arquero –que había adivinado el palo- volaba y se estiraba como en las fotos de partidos antiguos.gol

Todo parecía que se movía en cámara lenta. La pelota viajó hacia el ángulo superior derecho del arquero que, inútilmente acompañó la trayectoria con el brazo cruzado –algunos arqueros se sienten más cómodos con esa maniobra-; la red se infló en la esquina, y la pelota cayó dentro del arco.

Golazo !!” dijeron varios, exclamando total sorpresa, mientras yo caminaba satisfecho hacia un costado para mirar como seguía la definición; me abrazaron algunos, me palmearon otros, y el arquero me vino a encontrar para felicitarme dándome la mano, algo que me sorprendió, porque nunca me había pasado. Ezequiel vino a mi encuentro diciendo: “Te estás cagando de risa, hijo de puta…!!!”, tal vez creyó que había entrado de casualidad, nunca tuve chance de aclararle que no había sido así, igualmente poco importaba para mí.

Ese momento quedó grabado en mi memoria. Finalmente perdimos cuatro a dos en los penales, pero francamente, a mí no me importaba. Sentía que había cumplido bien durante el partido, y que cuando todos se borraban, yo estuve ahí para responder otra vez. Fue mi momento de mayor alegría en esos cinco años de la secundaria, en los que pasé más penurias que goce. Fue de esos recuerdos que uno lleva donde vaya.

Simplemente fue un pequeño momento de gloria.

Redescubrirse

Siempre me consideré un inútil en la cocina. Así como podía identificar alguna habilidad, simplemente me reconocía como torpe a la hora de encarar las ollas. Alguna vez Mamá intentó enseñarme algo de lo más sencillo, pero interpreto que aunque habría sido todo un desafío para sus dotes docentes, definitivamente no era mi momento de aprender.

Veía a otros manipular alimentos con soltura y -no puedo negarlo- siempre sentía algo de envidia al saber que nunca iba a tener eso en mi mochila. Al no saber cocinar y siendo siempre respetuoso del esfuerzo ajeno, intenté en cada ocasión transmitir el placer que me provocaba disfrutar del plato servido y por lo menos retribuir agradeciendo para que la cocinera de turno tuviera la satisfacción del elogio. En alguna que otra ocasión en la que el plato no era de mi agrado, elegantemente esbozaba una excusa personal de malestar temporal para evitarme la incomodidad de aceptar algo que no quería y políticamente eludir una situación interpretable como de desprecio.

Últimamente vengo lidiando con algunas inseguridades que arrastro hace tiempo, y justamente ésta fue una de ellas. Al vivir solo por primera vez, no fue por hambre precisamente sino más bien por deseo de comer sano -y no caer en la comida chatarra-, que comencé a incursionar en recetas simples, para principiantes. Aunque otro lo vea como algo insignificante, para mí tiene un valor especial. Es decirme a mí mismo que puedo. Es crear en mi alma la confianza que nunca tuve. Y más allá de palabras huecas, los que mejor hablan son los hechos. No quiero decir con esto que ahora sea un chef ni mucho menos, simplemente aprendo a defenderme en un territorio nuevo.

Alguna vez Mamá me dijo que habría sido un buen maestro, porque al parecer explico bien cuando alguien tiene una duda que puedo responder. Tal vez haya sido una empatía histórica con quien me consultare cada vez, por sentir justamente que era yo el que ignoraba casi todo lo que la mayoría de las personas ya sabía hace tiempo. Aquel que no sabe algo que necesita o desea, está propenso a sentir vulnerabilidad y con ésta viene la actitud defensiva.

Pido disculpas a aquellos a los que recientemente vengo preguntándoles de todo sobre rellenos, mezclas, etc y a la vez vengo saturando con fotos de lo que logro preparar. Sé que en realidad son cosas elementales para cualquier persona, y que mi entusiasmo parece desmedido o exagerado. Nadie se entusiasmaría si un adulto celebrara que puede caminar. Eso se le festeja a un bebé.

En mi caso sin embargo, siento alegría, y una gran tranquilidad de estar por fin incorporando algo que sabía que carecía desde siempre, y que tiene alguna que otra cosa extraña impregnada en sí.

Será tal vez que -tolerando mis tropiezos- al fin estoy aprendiendo a caminar.

Mirar lo que se ve

Siempre fui observador. Los detalles me llaman la atención. He aprendido que muchas veces cuentan lo que no se dice, o muestran lo que no es evidente. El motivo será quizás que soy un poco perfeccionista, y no me conformo con algo que hago y que sé que podría hacer mejor.

Con respecto al entorno, soy de observar a las personas. Ahora al trabajar en la calle, tengo mucho más material para consumir. Algunas cosas son reprochables y otras realmente graciosas. Podría nombrar a los paseadores de perros. Y más precisamente a sus “clientes”. En los recientes años, he aprendido a ver a los perros de otra manera, a partir de entender muchas de sus actitudes. Es por eso que a la inmensa mayoría de ellos le he tomado mucha simpatía. Me causa mucha ternura ver a los que quedan atados en la vereda de la puerta de un negocio a la espera de su dueño y mirando atentamente para el interior del local. Casi sin pestañear, no desvían su mirada salvo que uno al pasar caminando se acerque y lo fuerce a mirar quién viene. Parecen estatuas, y su postura me resulta muy cómica.  También algunos se quedan echados con cara de tristes, como resignados a la espera. O cuando de paseo con su dueño, ven a otro pichicho cerca, súbitamente todo lo demás pierde su condición de interesante. Y resultan más simpáticos cuando se sientan al lado del dueño que está sentado en una mesa en la vereda de algún café, y se ponen a esperar que los premien con algún bocado.

Otro ejemplo cómico son las mujeres, principalmente las más jóvenes, y en época estival. Algunas suelen usar minifaldas que, al ser tan cortas, con el mero movimiento de caminar por la vereda se les sube más de lo deseable -por ellas, cabe aclarar- y se ven forzadas a estar constantemente estirando la tela para sentirse seguras. Me causa gracia que se presten a utilizar esas prendas si tan incómodas van por su camino. O las que usan calzas elastizadas, pero se ponen un buzo o una remera larga que les tape las asentaderas de las miradas masculinas. Es decir, lo que me causa gracia es la contradicción que se nota: “quiero mostrar pero no quiero mostrar” o “quiero que me miren, pero no quiero que me miren”. Con “h” empieza, ¿no?

Las madres que llevan hijos pequeños, especialmente las que están reprimiendo alguna conducta del infante. He escuchado algunas frases que para mi asombro, apelan al sentido de la culpa, de una manera en que hacen parecer a la Inquisición Española como inocentes angelitos… Y ya sabemos cuánto pesa la culpa. Choca un poco mirar una carita seria de seis años e imaginarse lo que está pensando. Supongo que hablo desde la ignorancia y mis palabras pueden resultar molestas, pero la observación no pierde valor.

Los conductores que apenas se enciende la luz amarilla que antecede a la verde, ya están golpeando la bocina como si de ello dependiera su propia vida, por supuesto sin perder la oportunidad de propeler los más variados y coloridos insultos. ¿Será tal vez un ejercicio mental de coordinación bajo estrés emocional? Otra que se mandan es salir de un semáforo y doblar -no importa hacia qué lado lo hacen- y en la cuadra que empiezan a recorrer, pisar el acelerador como si se les cerrara la puerta dimensional de regreso a su galaxia… para tener que frenar porque -obviamente- el semáforo está en rojo para esa calle. A veces me pregunto si en algún lugar regalan los registros de conducir.

El momento de la semana que más me gusta es el domingo a la mañana. De acuerdo a las posibilidades, intento levantarme relativamente temprano y si tengo que comprar algo en el supermercado aprovecho para salir a caminar un poco por el barrio. Me gusta el silencio reinante, al haber casi nada de tráfico cruzar cualquier calle asemeja a caminar por un pueblo en el que si viene un auto se lo escucha venir de lejos. Las pocas personas que encuentro en mi recorrido se mueven lentamente, al igual que yo. Todo pareciera estar suspendido en el tiempo, y esa ilusión me hace sentir relajado.

En la película “Perfume de Mujer”, Al Pacino interpreta a un ex militar ciego y, ante la pregunta de cómo sabía del tema que estaban hablando sin poder ver, le responde a Chris O´Donnell: “Charlie… el día que dejamos de mirar, estamos muertos.”





FF. FF.

Ni todas fueron felices, ni todas fueron fiestas. La realidad está lejos de los carteles publicitarios. En estos días de balance, entre gente alterada -o más alterada, en todo caso- y bolsas de compras navideñas, me resulta inevitable recordar. Y luego quedarme pensando. Se dice que son días para encontrarse con la familia y tener algo de paz al final del -generalmente tortuoso- camino que fue el año recorrido. Será tal vez que como en mi caso la familia siempre fue escasa, desperdigada y muchas veces no había onda para reuniones, que nunca llegué a incorporar del todo esa experiencia de sentarse a una mesa con diez o más personas y sentirme cómodo. Probablemente por eso mi reacción ante las fiestas siempre fue desear que transcurran rápida y tranquilamente; como si fuese un trámite indeseable que por obligación teníamos que realizar. Como consecuencia, mis cenas de fin de año estuvieron lejos del molde tradicional.

Ahora mi sensación es un tanto diferente, tal vez originada en el desinterés. No tengo aversión alguna hacia esa “semana trágica” del 24 al 31. No pretendo decir que van a ser días normales, pero su peculiaridad no va a radicar en un brindis, un plato o una ocasión de compartir. Más bien en esos detalles de siempre que a veces resultan molestos, como por ejemplo que no encuentre abierto algún negocio o que no logre ver algo diferente en TV; aunque sabemos que en realidad durante el año se ve siempre lo mismo, los últimos días agregan una oleada nauseabunda de películas infantiloides que pretenden enviar un mensaje de “paz y armonía” que durante el año brillan por su ausencia. Todo tiene un gorro rojo, todo aparece con una rama de muérdago, hasta límites insospechados por la racionalidad. La alternativa son los programas de repasos deportivos, pero es más de lo mismo.

Veo vidrieras con arbolitos, esferas brillantes, adornos colgantes, y sinceramente me siento totalmente ajeno. Es como ver símbolos de un culto que no profeso. Por momentos me siento reconfortado de no gastar dinero en toda esa parafernalia. Admito que disfruto de los fuegos artificiales como cualquiera, por lo que no todo me resulta un cero a la izquierda. Pero esencialmente, me siento un extraño en estos días, como si estuviera en algún país exótico en el cual están por celebrar algún festival en honor a una deidad autóctona, de la cual no conozco ni el nombre.

Me llegan recuerdos de los que no voy a hablar, porque en su mayoría no son gratos. Mejor es mirar hacia adelante, sin esperar nada y tomando lo que venga de la mejor manera posible. Sin rencores ni lamentos. Todo un esfuerzo.

Que todos pasen felices fiestas.



Heridas y cicatrices

Durante mi niñez fui aprendiendo que cuando me lastimaba jugando o me caía y me quedaba alguna herida, debía evitar el contacto de la zona lastimada para permitir que cicatrizara normalmente. Alguna vez -sin darme cuenta- me rozaba la herida en cuestión y ésta volvía a abrirse recordándome el consejo con un poco de dolor.

También sin advertirlo, en algún momento la cicatriz se terminaba de secar y se removía la superficie de células muertas que ya habían cumplido su labor. De esta manera, salía a la vista la nueva piel que cubría el lugar de la herida, prometiendo el resguardo habitual.

Si bien hace muy poco tiempo que he comenzado a vivir solo, he notado que gracias a rutinas cotidianas incorporadas recientemente, mi mente se entretiene y no se empantana en la tristeza. Esto me hizo sentir un progreso aunque leve, y esa calma que llegó permite repensar mejor lo que se fue y no abrumarme por lo que podría o no venir.

Sin embargo, existen ocasiones en que recibo un recordatorio que me avisa que todavía la herida no está seca. Alguna que otra imagen en una película, o en la TV, o alguna lectura narrando determinada situación, disparan la secuencia que deviene en una sensación de angustia, de tristeza. Es quizás esa fea sensación de ver que el tren ya pasó y no me subí. Tengo treinta y ocho años y no he formado una familia propia; no logré una carrera laboral satisfactoria como para permitirme planificar nada y, en realidad y para ser sincero, tampoco tengo planes. ¿Cómo se hace cuando  no se tiene algo por delante para desear? Me estoy mirando en el espejo y no me gusta lo que veo. Un panorama inédito. Nunca me había pasado.

En estos tiempos vengo aprendiendo -y me ha costado mucho- a despegarme de Verónica. Pasar a pensar en singular luego de haber amoldado la cabeza a una relación no es fácil, por lo menos no para mí.  Me resulta raro tener que pensar en mí en primer lugar. Siento que de alguna manera estoy siendo egoísta, pero no logro describir el porqué de eso. Será quizás que siempre intenté evitar que me etiquetaran así por ser hijo único, yéndome al otro extremo y postergándome. Un claro error, del cual empiezo a notar consecuencias.

La mente tiene mecanismos que a veces resultan extraños de contemplar. Recuerdos que antes me parecían tan cercanos en el tiempo, ahora los veo borrosos, como si le pertenecieran a otra persona. Será un mecanismo de defensa mental que provoca semejante sensación. Hace tan solo cuatro meses que vivo solo, pero he notado que comencé a olvidar algunos detalles del lugar donde dormí por cinco años. Rincones, distancias, sonidos, imágenes, todos son como objetos que se van hundiendo lentamente en el agua y van perdiendo nitidez a medida que la distancia aumenta. Paso por la puerta del edificio y casi diría que no reconozco el lugar. Lógicamente sé que viví ahí, que ahí hicimos montones de cosas juntos y también que de mi parte puse mucha energía. Tal vez en algún momento me ocurra lo mismo con la imagen de Verónica. Comenzaré sin darme cuenta a olvidar algunos de sus gestos, esos detalles que al convivir podía disfrutar, el sonido de su voz o su risa, su manera de hacer las cosas, etc. Llegamos a conocernos bastante, fue la primera vez en mi vida en que sentí que conocí realmente a una mujer, que sentí una conexión tan fuerte que llegué a imaginar mi vejez con alguien. A veces siento que fue como asomarme a una vida que pude haber tenido pero que no estaba ni está destinada para mí. Supongo que son ideas que nacen en mi confusión.

No sé si todo eso se repetirá alguna otra vez con otra mujer y si tengo tiempo para que eso suceda. Esa pesada idea del paso del tiempo me abruma. Mi gran escepticismo surge al sentir que las relaciones que me toquen no pueden ser duraderas -hasta hoy no lo han sido en más de cinco años-. Al mismo tiempo intento no atormentarme con angustia inútil e improductiva. Sucede que esa angustia viene sin proponérselo uno, claro está. Cuando me doy cuenta y lo hago conciente, busco temas que me hagan pensar en otra cosa y que me saquen de esa espiral de dolor. Naturalmente, algunas veces se logra, y otras no.

Por otro lado -tratando de mantener la positividad-, espero que en el caso de tener otra chance de construir lo que sueño, pueda aprovecharla sin que las cicatrices me afecten y aprendiendo de los innumerables errores que he cometido. Intento aprender a recibir mejor lo que sea que venga.

 

Quisiera aprender a disfrutar este caprichoso juego que se llama vida.

Un cuento chino

El yogur viboreaba entre las imperfecciones de los desgastados cerámicos, esquivando furtivamente las manos que intentaban detenerlo. El repartidor de lácteos pugnaba codo a codo con el vendedor de panificados por atajarlo y alzarse victorioso en la disputa. Peligrosamente rozó la ruedita de un chango empujado por una señora que no poseía entre sus virtudes la de detectar claramente los obstáculos que se le interponían. Supongo que el genio de marketing que diseñó su silueta curvilínea no tenía entre sus intenciones la de lograr que cambiara abrupta y algo impredeciblemente su curso al rodar por el piso.

A todo esto, el que entraba con la media res al hombro -que no estaba para andar mirando yogurcitos precisamente- ni lo registró o lo vió y se hizo el tonto, pero aunque no hizo ningún esfuerzo por esquivarlo, tampoco lo aplastó. Dada la notable cualidad para evitar potenciales depredadores, y sin nada más relevante en mi panorama inmediato, me surgió la trivial interrogante: ¿sería descremado o entero? Quizás algún proceso adicional para reducir grasas en el contenido había hecho que tuviera menor peso y por ende era más susceptible a la menor alteración aerodinámica. En fin, los interminables giros no permitían develar la incógnita.

Como espectador de la escena, empecé a delirar un poco -no en voz alta, claro está- sobre si el yogur habría tenido o no libre albedrío para decidir abandonar la heladera de lácteos o el canasto que lo transportaba hacia su destino final. ¿Tal vez habría sido una descarga brutal de los canastos que habría provocado involuntariamente semejante movimiento? ¿Quizás el yogur, presa de pánico al ver a sus pares agolpados en los estantes de la heladera esperando fríamente que una mano indecisa optara por secuestrarlos, había tomado la drástica decisión de arrojarse al vacío, prefiriendo la casi segura muerte antes que una lenta, dolorosa y gélida agonía? ¿Sueñan los yogures con lactobacilus eléctricos? (mil perdones, Philip K. Dick, no logré resistir la tentación).

Eran interrogantes que poca o ninguna respuesta obtuvieron, una vez que una descuidada criatura de ojos rasgados y de unos tres años de edad, decidiera que había encontrado su nuevo juguete y lo atrapara con reflejos envidiables y total naturalidad.  “¿Será ésta una de las capacidades que tienen los niños y que van perdiendo a medida que se transforman en adultos?”, pensé.

Sin preocuparse demasiado por si tenía o no una cucharita a mano, y desoyendo los alaridos incomprensibles de quien presumiblemente sería su madre, el infante azotó la metálica tapa con sus dedos, y comenzó a disfrutar el placer de las frutillas de la finca.

Ni lerdo ni perezoso, el de los lácteos se apresuró a cantar: “No hay descuento ni cambio, eh?”; me dió la sensación de que era como un partido de truco, y el que dormía, perdía.

Segundos después, un muchacho con un castellano no superior al de un primate salido de un experimento, me dice: “Vó, qué cosa…?”, lo que  traducido de la jerga, en castellano quiere decir: “Y vos, qué cosas vendés?”. Con mi disposición una vez más a prueba -a esta altura bien puedo decir que estoy aprendiendo a solidificarla-, me presté a hacerle un paneo general primero, y particular luego, para obtener que comprara los productos. Con tretas que me enseñaron y otras que fui aprendiendo en combate, fui logrando encerrarlo en las redes. Aunque no con todos se obtienen los mismos resultados, claro está. Una vez que cerramos el acuerdo, salí del local con la sensación de: “a éste hoy le gané”. No sin desearle suerte al vendedor de conservas, a quien recibieron con un “Vó, factura, vino precio más caro, vó, mentira”…

Mientras pisaba una baldosa floja por mirar la altura de la calle -a quien corresponda… “grrraciasssss”-, pensé que si intentaba usar un lenguaje telegráfico para comunicarme con “les chinoises“, tal vez podría obtener mejores resultados. La barrera idiomática no es un mito, claro que no.

Entré en el siguiente punto de venta, y luego de mostrar con mi actitud que no era ningún inspector municipal ni sicario enviado por las tríadas, identifiqué a quién hacía los pedidos de mercadería y empecé a balbucear el protocolo de comunicación premeditado, primero diciendo las marcas ofrecidas y luego agregando: “todo precio final!” y “comprá poquito, sólo lo que falta”. Pienso que si yo estuviera en Asia y recibiera decenas de vendedores hablándome todo el tiempo, no tardaría en establecer un puesto con una M60 y algunas bolsas de arena alrededor, por lo que, gratamente pude comprobar que mi experimento “empático” fue teniendo éxito a medida que avanzaba la jornada.

Dando por sentado que estando en China se reirían de mi pronunciación, alguna vez decidí comenzar a burlarme cruelmente de las pronunciaciones que recibía. En una ocasión, y ante la salvajada de un chino de vender un producto a $ 14  que en el mercado se vende entre $ 7 y $ 8, el asiático me dice “produto tuyo poquería, no vende”. Conteniendo la carcajada, mientras trataba de imaginar que quizás una “poquería” era una casa de póquer, le respondí: “no poquería, vo´ malo precio, vo´ medio loco, mirá precio, vo´ poné catorce peso, precio todo lado ocho peso… y vo´ queré vendé…???”. La mirada del chino daba para dos interpretaciones:

  1. Me sacaba volando por el aire de una patada frontal al pecho, al mejor estilo Kung Fu.
  2. Me pedía la birome para corregir el precio que había puesto.

Giré la cabeza y exhalé la respiración para que el impacto no fuera tan duro, pero me sorprendí siendo requerido por mi lapicera y al cumplirse la segunda alternativa, volví a respirar aliviado.

Mientras volvía a perderme entre la gente que caminaba por la zona, pensaba que en ocasiones uno tiene salidas que no se imagina y a veces resultan caprichosamente graciosas.


Aceptar

Qué largas eran esas cuadras que recorríamos desde la escuela hasta llegar a casa. Mientras acomodaba las figuritas en el bolsillo del guardapolvo, Mamá me iba tirando las preguntas; “¿siete por nueve más tres por seis?”,  y luego de unos segundos le devolvía contento un “ochenta y uno”. Al pasar la Avenida Juan B. Justo, parecía que habíamos cruzado una frontera entre dos mundos.

A veces iba disfrutando el helado de tres sabores que me compraba a la vuelta de la escuela, otras recorría ansiosamente esas cuadras hasta llegar al kiosco -que en realidad era una ventana de una casa- a un par de cuadras de donde vivíamos, sobre la calle Margariños Cervantes, donde me compraba un chocolate Felfort con maní que venía envuelto en celofán transparente y costaba “un marrón y un verde”. Qué increíble tener todavía fresco ese recuerdo de una época en la que tenía poca o ninguna noción del dinero.

Los fines de semana salíamos a pasear por el barrio y yo salía con la bici -mi primera bici, que me habian traído los reyes, creo- y andaba entre las hojas amarillentas que formaban una alfombra en esas veredas anchas. No pasaba mucha gente,  y podía pedalear tranquilo. Sólo se escuchaba el crujir de esas hojas a medida que avanzaba, y los benteveos cantando a todo pulmón. No recuerdo el frío, seguramente porque me habían abrigado bien.

En verano, escuchaba el ruido de las cigarras y creía que eran algún tipo de sierra o máquina que estarían usando en un taller, y cuando me explicaron de dónde venía y cómo hacían para hacer ese ruido, el asombro se instaló en la mente de ese niño que fui.

Cuando hoy me toca caminar por esas cuadras, veo algunas de esas escenas interpretadas por otros. Esquinas que pensé haber olvidado, permanecen casi idénticas a mi recuerdo y otras parecen haber desaparecido. Algunos negocios que veía en esos días, todavía perduran para mi grato asombro; lógicamente los veo más pequeños de lo que los recordaba, como a todos nos pasa. Ese mundo ya no está, se fue. Esas veredas sin embargo, no han cambiado. Naturalmente, el que ha cambiado soy yo.

A veces me asombra la evidencia, aunque es claro que he cambiado. Han pasado los años, ya no soy ese pibe, soy este “señor”, como me suelen llamar en la calle, en los lugares públicos. A veces tengo miedo de quedarme en eso, en ser “ese señor” que viene todos los viernes a comprar lo mismo, “ese señor” que se lo ve poco, que camina con la mirada en la vereda; tengo miedo a quedarme solo, ésa es la verdad.

Quiero aprender a aceptar a “ese señor”, que vive solo; aceptar que “ya pasó”. Aceptar que mi mundo es dormir, levantarme, trabajar, comer, y volverme a dormir. Aceptar que ése será mi ciclo. Me parece la única forma de no torturarme más con lo que no fue, ni creo que pueda ser.

De chico aprendí a cumplir metas, aprendí que esa era la forma de encajar. Al no causar problemas, tampoco iba a tenerlos.  Es el día de hoy que todavía me cuesta respetar mi opinión, ya que la considero de poco valor. Irónico es, que haya pasado mi vida tratando por todos los medios de ser aceptable, y hoy no logre aceptarme a mí mismo, ni aceptar lo que me toca. O quizás no sea irónico, sino más bien lógico. Es la ineludible negación a todo lo que fui imponiéndome a mí mismo aún en contra de lo que quería. Me imponía silencio cuando sufría algo injusto o violento. Me imponía tolerancia, cuando venía algo intolerable. Me imponía acuerdo, cuando mi voz no era escuchada.

Estoy hoy cumpliendo mis 38 años y la visita de mi vieja y dos enormes amigos que tengo me ha brindado un rato muy lindo, ha sido una caricia al alma. Sin embargo, no es el más feliz de los que me toque cumplir. El inevitable balance arroja hoy un resultado amargo, no he vivido muchas de las cosas que la mayoría a mi edad ha experimentado. Soy un hombre adulto, pero me siento muy incompleto. Como si me faltaran partes, que debieron haberse desarrollado en los años que pasaron, pero que por diferentes motivos no lo hicieron.

Hay días en que siento que mi sueño de ser padre nunca tuvo asideros reales, ni soporte emocional estable de mi parte; como si  se revelara ante mí una verdad lapidaria: nunca estuve a la altura de semejante desafío. Intentando una comparación con una carrera -y aprovechando que estoy entusiasmado con esa actividad- uno se anima a correr una distancia en la medida que siente que puede; si la cabeza no está lista o no existe la determinación firme, lo que pueda ocurrir, muy probablemente no será positivo, por lo menos no será disfrutado como es merecido. Más allá de las dudas que cualquiera pueda tener sobre encarar la paternidad, no siento que tenga nada para ofrecer en esa posición, y darme cuenta tan vívidamente de esa carencia altera drásticamente la idea que siempre he tenido acerca de las metas personales en la vida.

Y queda claro que de la mano del cumplimiento de esas metas, aparece la noción de satisfacción y felicidad máxima que entiendo yo que alguien puede obtener: crear, cuidar y ver crecer una vida. Una vida que continúa a la propia.


Todo cumpleaños tiene al menos un deseo. El mío es recuperar la sonrisa que alguna vez sentí en mi interior.



Aprendizaje

Supongo que se puede aprender sin dolor. Sin embargo, cuando éste se incluye en la lección, la misma queda grabada a fuego.

Años atrás, yo practicaba artes marciales, más precisamente aikido. Es una disciplina japonesa que, como muchas, basa el aprendizaje en la repetición de movimientos que se terminan incorporando y perfeccionando.

En esa época, concurría habitualmente a dos o tres clases con diferentes instructores. Uno de ellos, Guillermo Arias, fue tutor mío a la hora de rendir algún examen en el Dojo. Eso no impedía que compartiéramos también alguna clase siendo ambos asistentes. Quien haya practicado alguna vez artes marciales, sabrá que se forman grupos de trabajo en cada clase. La organización es bastante dinámica y cambiante, porque el objetivo es aprender de cada persona algo diferente y no amoldarse a los movimientos de alguien en particular, sino mantener la mente abierta a distintas fisonomías, agarres, pesos, fuerzas, etc.

Una tarde en que estábamos practicando, ocurrió que compartimos una de las clases que brindaba el Sensei y también el ocasional grupo de trabajo. Toda técnica consiste en un movimiento de ataque y defensa, habitualmente de a dos. El atacante se denomina “uke” y el que desarrolla la técnica de defensa, “nague”. Resulta necesaria esta introducción para que se entienda lo que viene. Guillermo era un tipo con experiencia, tanto de vida como en aikido en el cual según recuerdo, era segundo dan en ese momento. Tocó que él fuera “uke” y yo “nague”, por lo que debía defenderme de su ataque.

Su golpe debía ser descendente y frontal, como si quisiera cortarme a la mitad; yo debía eludirlo, redireccionar su energía para controlar su movimiento y desarrollar la técnica. Sin embargo, a veces el cuerpo no hace lo que la mente le ordena, y ahí surgen los instintos. Precisamente, esos instintos me llevaban a atravesar mi brazo por encima de mi cabeza solo para aguantar su golpe, sin poder llevar a cabo lo deseado.

Como siempre tuve brazos delgados, todo golpe me da de pleno en el hueso del antebrazo y no hace falta decir que va acompañado de mayor dolor. Esa ocasión no fue la excepción. Cada ataque provocaba la misma respuesta equivocada en mí, y el que pagaba con dolor era yo. En un determinado momento, me caían lágrimas del dolor que sentía y frené su brazo con mi mano libre porque había llegado a mí límite para soportar castigo. Luego me enteré que el Sensei había presenciado todo -no se le escapaba nada- y supervisaba el momento con aprobación. Más adelante entendí el motivo.

Sin decir palabra, Guillermo corrigió la posición de mi antebrazo -que a esa altura estaba lleno de moretones-, y volvió a la carga. Esta vez, pude controlar su movimiento, eludir el golpe y desarrollar la técnica con más o menos eficacia. No hace falta aclarar que tuvo consideración en aminorar la violencia del ataque, dado que ya había recibido mi buena dosis de dolor.

Es el día de hoy que todavía me acuerdo de lo aprendido, y a partir de ese día, no volví a cometer ese error que tanto dolor me había hecho sentir. Esa fue mi manera de entender que las lecciones que mejor se aprenden, son aquellas que nos llegan con dolor.

¿Y a qué viene esta historia?

Lo que también aprendí muy bien -y claro está, con dolor- es que el amor como relación entre dos personas, no es algo ni duradero ni lo suficientemente firme o estable como para construir una vida sobre él o sembrar ilusiones y sueños. Naturalmente, habrá afortunados a los cuales esto les parezca incorrecto: me alegro por ellos. Yo hablo solamente por mí. Creí que el amor había llegado a mi vida para quedarse; pensé que sin importar lo que sucediera, tenía eso para sostenerme. Creí honestamente que había encontrado eso que mucha gente nunca llega a conocer. Llegué a creer que era lo único que siempre permanece. Que así como lo material puede ir y venir, los sentimientos nunca se iban. Pensé que podía enfrentar todo con ese amor. Hasta que vino el golpe y me llegó el “knock out”. Ahora he aprendido bien la lección: nada de eso perdura. Es como el agua entre las manos; se escurre tan rápido que cuando querés darte cuenta, no queda nada. No vale la pena volver a buscar algo que ahora sé que no existe. No vale la pena invertir energía, generar ilusiones para volver a sufrir así y mucho menos lastimar a nadie más. El trompazo me dejó acostado en la lona, y recién ahora estoy empezando a abrir los ojos para enterarme que perdí.

Cuando me levante, la lección quedará absolutamente nítida. Lo que creí tener, nunca lo tuve. O así como llegó y lo tuve, se fue.

Será parte de mi aprendizaje de vida el aceptar que es mejor no tener expectativas, y que hay cosas que nunca tendré. Si no esperás nada, tampoco sufrís la desilusión.

Si volás bajo, al caer no te duele tanto.

Como la mala posición de mi brazo, así de simple. Como el dolor en el Dojo, así de duro.

Y así de real.

Ahora he aprendido bien la lección: nada de eso perdura. Es como el agua entre las manos; se escurre tan rápido que cuando querés darte cuenta, no queda nada. No vale la pena volver a buscar algo que ahora sé que no existe. No vale la pena invertir energía, generar ilusiones para volver a sufrir así y mucho menos lastimar a nadie más.

El premio

Si bien siempre necesito despertador, ya que suelo levantarme temprano, esa mañana me desperté solo. Aunque el frío motiva muchísimo a seguir durmiendo, yo tenía otro plan.
Recorrí el camino hasta la cocina para desayunar liviano -siguiendo consejos bien aprendidos-, y luego posé la mirada sobre lo acomodado la noche anterior. “Soy un enfermo” -pensé-, “…no puedo poner todo en la mesa a 45 grados para evitar confusiones u olvidos…”
Luego de reírme un poco de mí mismo -dicen que es signo de salud mental-, me vestí y salí en busca del desafío. Ahí fue cuando volví a dudar de mi estado psicológico, luego de comprobar en carne propia la temperatura que informaba la TV.

Al estar medio corto de tiempo, aproveché el nunca más oportuno interno de la línea 128, que esperaba graciosamente en la esquina de casa.
Al empezar a divisar la masa amarilla, supe que no estaba mal de la cabeza: era imposible que tanta gente estuviera loca, y encima que hubiesen decidido enloquecerse más aún estando juntos…
Satisfecho con mi nueva condición de “sanidad”, empecé con el sagrado ritual del precalentamiento. “Evitarás desgarros”, reza uno de los mandamientos; “Elongarás antes y después de cada sesión”, demanda obligación otro.
En el medio de la turba, y escuchando voces de aliento y ánimo por doquier, saqué mi cámara digital y retraté el momento; es el pequeño ritual para conservar recuerdos de esos momentos que considero especiales. Para eso están las fotos, ¿no?

Se larga la carrera y con ella un montón de sensaciones. Siempre lo mismo, siempre en el mismo orden: “qué hago acá? por qué no estoy durmiendo en casa con este frío?”, “después de los primeros cuatrocientos metros, el frío ya no se siente”, y “al final hay un premio que sólo yo puedo ver”.
Al correr, llega un punto en que la mente se despega de cansancios y dolores, la respiración pasa a segundo plano; las ideas fluyen, las imágenes desfilan, el sonido principal es el de las suelas que golpean el asfalto, mi respiración se convierte en una base rítmica para la música del viento en mis oídos.


No pienso en lo que me falta por recorrer, disfruto cada paso que estoy recorriendo; una carrera es una metáfora de vida, cada etapa de nuestro camino es como una carrera: disfrutás con ansiedad la preparación, te imaginás cómo será, sentís la emoción al comenzar, te esforzás y dás lo mejor de vos en cada momento, superás obstáculos, cometés errores, aprendés, sufrís, gozás… y al llegar, celebrás. Que estás vivo… que lo hiciste… que diste todo.
Los tramos con sol se agradecen en la gélida mañana, el viento en contra y los tramos en subida se padecen, las bajadas compensan. Luego de la última curva aparece el cartel, eterno guardián del tesoro por saborear.
Piso la alfombra -que no es roja, pero no cualquiera la pisa- y por un instante, no existe nada más. Soy yo, y nada más que yo. Lo logré -otra vez o por primera vez, poca es la diferencia- y eso me hace feliz. Veo otros rostros felices, veo amigos, veo el resultado del esfuerzo, veo satisfacción y alegría. Por un rato, somos héroes. Por un rato, y hasta la próxima, en que seguramente nos volveremos a encontrar, para repetir la historia.

 

 

 


Esta historia de la que ya conocemos el final, pero que nos encanta volver a recorrer.

Final – Comienzo

El viernes pasado mientras la mayoría dormía aprovechando el feriado, mudamos mis cosas a mi nuevo hogar. Digo “mudamos” porque me ayudaron tres amigos; volvieron a ratificar que son de esos que se cuentan con los dedos de una mano. Sinceramente, no sé que mérito habré hecho para merecerlos; pero es mi plena intención responderles como corresponde: estando cuando me necesiten. Aunque no alcance para representar lo que siento,

GRACIAS.

Escribo esto solitario en un departamento silencioso ya que no tengo conexión de televisión ni de internet, y tampoco tengo radio para escuchar; intuyo que una vez conectado tampoco será distinto. No tengo por costumbre hacer fiestas ni asistir a muchas reuniones y eso se debe a que desde chico, en muchas sentí vergüenza. Es increíble cómo algunas cosas que a muchos les parecerían irrelevantes, en otros como yo provocaron conductas que se mantuvieron a lo largo del tiempo. No me gusta la exposición, soy básicamente muy tímido y me cuesta mucho confiar, tanto en mí mismo como en los demás. Supongo que fue siempre un mecanismo de autodefensa para épocas en que estaba formando mi carácter.
Considerando esa conducta, no sería raro imaginar que terminaría solo; sin embargo nunca esperé estarlo a esta altura de mi vida, es la primera vez que me ocurre. Será que uno ve las cosas que lo tocan más vívidamente, pero camino por la calle y sólo noto parejas; algunas más o menos cariñosas que otras, todas haciendo rutinas que yo hice hasta hace no mucho tiempo, disfrutando de eso que ahora yo no tengo. Me siento raro, como si todo el mundo me mirara y dijera algo como “mirá, está solo”. Siempre tuve una fuerte idea de que es como “vergonzoso” para el hombre estar solo, porque implica no ser aceptable. Y como siempre tuve una tremenda necesidad de aceptación, una cosa se combinó siempre con la otra.
Ojalá pueda formar el temple que hoy no siento tener y aceptarme a mí mismo; lo entiendo como condición para tener paz, sea solo o acompañado. Digo esto porque reconozco que hoy por hoy aunque todo esté fresco todavía, mi autoestima está en uno de los puntos más bajos de mi vida, y eso duele. Supongo que lograr por mi cuenta mantener un hogar ayudará a que gane confianza, a que gane calma y a creer en mí, en que el final de una relación no es el fin del mundo como con razón me han dicho tantas veces.
Aunque ocasionalmente vuelva a ver a Verónica, sé positivamente que cada encuentro será cada vez más frío, hasta el punto en que pueda suceder que no volvamos a vernos; la vida tiene caminos distintos para los dos.
Hay momentos en que la lloro porque aún estando todos estos meses con la mente nublada por la tristeza, he tenido siempre la lucidez para saber -y sobre todo sentir- que estaba perdiendo a una mujer maravillosa. He conocido mujeres antes que ella, y posiblemente tenga otra pareja en un futuro, pero siento que la calidez humana que ella tiene es muy difícil de encontrar y de ahí proviene gran parte de mi tristeza actual.
Así como dije no saber qué mérito he hecho para tener los amigos que tengo, no sabría mencionar porqué la vida me regaló el tiempo que tuve con ella, pero lo agradezco. Como quien sabe que ya no puede pedir más, no espero que llegue nadie a ocupar ese lugar. Siento que el tren ya partió, y que no estoy a bordo.
Actualmente estoy entretenido con quehaceres domésticos, aprendiendo tiempos y organizando rutinas. Llegará el momento algún día en que quizás el destino me vuelva a tender la mano y me dé otra oportunidad, aunque no abrigo demasiadas esperanzas.


Por el momento, voy a prepararme la cena, que ya tengo hambre.

Vacío

A esta altura, he aprendido que extremos como “todo”, “nada” o “nunca”, “siempre” son inútiles. La cosa no es blanco o negro, se trata de diferentes matices de gris. Sin embargo, hay una palabra que describe mi presente, y es “vacío”. No totalmente vacío, claro. Eso tendría un pesimismo intolerable, es cierto. Pero siento que no tengo hoy lo que tendría que tener. Tendría… “querría” queda mejor. No me gusta mirar mi copa -hoy por hoy no veo demasiados motivos para alzarla- y comprobar que está más vacía que llena. Supuse que a esta altura podría tener un panorama más benigno, pero no es así.

Siento que estoy transitando una ruta en subida hasta una loma cercana… y no tengo posibilidad de ver qué hay más adelante. Mientras aprendo sobre mí -sí, sobre mí-, intento pensar que a veces una visión determinista me ayuda a tranquilizarme, a relajarme para disfrutar lo más posible la vida. Disfrutar la vida, algo que no sé si he hecho hasta ahora, pero siento que vale la pena probar. No tengo ni la más mínima idea de si existe una fórmula para ello, supongo que cada uno hace lo que puede. Lo difícil es mirar para atrás y comprobar que lo que veías como tan importante en tu vida, ya no está ahí. Eso te sacude la estantería, y nada queda en el lugar en el que estaba antes.

En unos días, firmaremos los papeles y quedará iniciada la secuencia para el divorcio entre Verónica y yo. La sola palabra me suena pesada, tremenda. La veo como una etiqueta social de fracaso, de frustración y de rechazo. Será lo que tenga que ser. Yo soy lo que puedo ser, lo que mi esfuerzo me dé para lograr. Necesito sacarme de la cabeza esa idea de que “tengo que lograr esto” o “tengo que hacer aquello”. A poco de cumplir treinta y ocho años, si no empiezo a dar mis pasos pensando en mí en primer lugar -respetando mis deseos de forma sincera-, seguiré entonces penando como hasta ahora y obtendré frustración hasta en el éxito si es que algo así es imaginable.

Tendré que aprender también a perdonarme, para que este camino tenga sentido y sea disfrutable.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.