Decidido a regularizar el domicilio de mi DNI, y aprovechando el estar desempleado, me puse en campaña para lograr el objetivo en cuestión.
Indagué por internet ya que por teléfono debe ser más fácil llamar a Obama y que te mande invitar a conocer la Casa Blanca diciéndote: “Sos groso, sabelo” que conseguir que te atiendan en el ReNaPer.
Ingenuamente, casi diría infantilmente (como si no viviera en Argentina), un día me dirigí a la dirección que informaba el sitio web del organismo. Habré llegado a eso de las 10:45 de la mañana más o menos, luego de haber hecho otros trámites menores.
Le pregunto al cana de la puerta cómo realizar el trámite de cambio de domicilio. Recibo un contundente: “Nooooooooo… tenés que venir a sacar turno de 6 a 8 de la mañana… a esta hora ya no se puede.”
Con una buena dosis de resignación, me volví a casa. Pasaron los días, entre una cosa y otra (otros trámites y pereza) lo fui postergando. Una noche, me agarró el envión, me llegó viento a favor, o como quieran decirle, y me propuse levantarme temprano al otro día. Resultado: a las siete de la mañana estaba paradito al final de la fila de una cuadra y media que pugnaba por entrar al edificio.
Éramos un ochenta por ciento hermanos latinoamericanos (todos resignados, algunos francamente forzaban cualquier paciencia a límites insospechados…), y el resto se dividía entre asiáticos con mal carácter, algunos africanos asustados, europeos con mezcla de asombro y falta de reacción, y un par de norteamericanos con aire de suficiencia, como diciendo “y bueh… no podíamos esperar otra cosa de esta parte del globo terráqueo…”
Un par de señores en la puerta con más pinta de pertenecer a la barra brava de Nueva Chicago que a un organismo estatal, me preguntaron con pocas pulgas: “Para qué venís?” Les ladré: “Cambio de domicilio en DNI”. Con un poco de recelo y mirando si tenía espuma en la boca, me dieron el numerito para el calvario: 171.
Entro, me indican dónde debía esperar por mi turno, aunque en realidad el enorme salón era una masa amorfa de cabezas, hombros, mochilas y de tanto en tanto, se divisaba algún claro por el cual se veía algún par de zapatos. Pensaba: “En caso de incendio, esto es tres veces Cromagnon…”. Tragué saliva y fui al frente. Mientras esperaba dentro de la masa de “pacientes” una señora caucásica, con muuucho acento y con un castellano voluntarioso me pregunta: “¿Vos tiene hora?”, y al escuchar la respuesta, siguió: “Cincuenta persona para dos horas…”. Le veía la cara como diciendo: “Esto en Rusia no sucede… los fusilan a todos…” Al toque un mexicano queriendo aflojar la tensión le dice: “Pos ahorita hoy están de buen humor, si no…”. Por la mirada de la rusa, me pareció que estábamos viviendo una remake de la crisis de los misiles…
Cuando ya empezaba a dominar el coreano (es increible lo que se puede lograr en cuatro horas y media), escucho el “Ciento setenta y uno !!!”. Con las piernas semi dormidas, tropezándome con casi todo, me incorporé y llegué al mostrador, con cara de bendecido por Jesucristo, entregué el papelito. Una cara de “cómo me rompen las pelotas hoy, eh!?” me tiró el “Para qué venís?”… tuve un flashback, un “dejà vu”. “Será que éste es otro edificio diferente al de la entrada donde me preguntaron lo mismo??” pensé por un momento.
Sin ánimo para pelear, dije lo mismo que antes, me tomaron el DNI, y lo vi sumergirse en una bandeja plástica entre unos veinte o treinta similares de otros tantos alienígenas, perdón… extranjeros. Honestamente, pensé que iba a tener que hacer otras cuatro horas y media de cola para tramitar un duplicado del DNI por extravío…
“Te llaman por tu nombre”… lacónico, cortante, o como decimos acá: cortito y al pie. Me dispongo a esperar.. junto con otras cuarenta personas, todos amontonados en un rincón como los nenes que se portan mal. Luego de casi una horita (nada, en comparación con lo anterior) llega una señorita con un descuento notable en la amabilidad y vocifera: “Los que nombro vayan bajando por esa escalera!!!… Quispe Mamani!!!… Duarte Villalba!!!… Leng Fi!!!… Marchioni!!!… Benitez!!!… Kim Jong!!!… Báez!!!… Iba escupiendo nombres con una velocidad altamente remarcable, así como con una dicción altamente deplorable… González!!!…” Ahí saltamos como quince monos diciendo nuestros nombres y cuando se vió tapada por la muchedumbre, agregó: “Néstor Tabaré!”
Triunfante entre los pordioseros de los demás González, todos condenados al purgatorio, bajé con los elegidos para comparecer ante San Pedro (aunque estaba tan oscuro todo el recinto que parecía que estábamos bajando al averno…).
Módicos veinte minutos y me toman por segunda oportunidad el inicio del trámite… (¿qué joraca habrán hecho en el primer mostrador para lo cual tuve que esperar horas???). Otra vez: “González!!!”. Esta vez, ya era el único, pero igual me salió el “Néstor??” con cara de “Flaco, ¿laburás en el ReNaPer y no tenés idea de la cantidad de González que andan por ahí???”. Con la sonrisa de quien se manda un moquito, me dice: “Sí, sí… Néstor Tabaré”. Me dice como queriendo arreglarla: “Lo que pasa es que no hay tantos González como quizás pensás…” Ante mi cara de asombro, me insiste: “Tenés más Ayalas, Cardozos y Ancu Aruquipas que González, eh?”
Con la suficiencia del que sabe que está escuchando una mentira piadosa, me retiro del escritorio talón en mano, encaro a la caja, pago el arancel y vuelvo al punto de partida. Deditos manchados, papelitos firmados, la cuestión es que quince minutos después tenía el DNI actualizado, firmado, sellado, lustrado, guardado y todos los “ados” que pudieran faltar…
Me sentí como en el final de “Expreso de Medianoche”, cuando el protagonista sale despacito como sin creérsela del todo, y ante sí se presenta un sol radiante que le dice “hay un futuro, hay un mañana”. Mientras viajaba a casa, miraba el DNI como si fuera un marciano.
Las pocas palabras agregadas que notificaban del cambio de domicilio, una firma y un sello francamente ilegibles, ocho pesos menos en el bolsillo y lo más importante: seis horas esfumadas. ¿Alguna vez sintieron lo irrevocable de la frase: “tiempo perdido”???
Cuando salía, por algún motivo me vino a la mente el sonido de un aplauso…