Generalmente vemos sin mirar, oímos sin escuchar. No observamos. No captamos los detalles. Vamos tan rápido por este camino que se nos escapan muchas cosas. Cuando tenemos la oportunidad de frenar
se nos presenta un panorama distinto, mezcla de nuevo y conocido. Hasta ese momento, todo es vértigo. Información, obligaciones, horarios, compromisos… todo desfila rutinariamente sin parar convirtiéndose en una masa borrosa y desfigurada.
En estos días en que me toca circular por donde no circulaba, y observar personas que antes no podía observar, he podido captar detalles. La falta de horarios otorga tiempo de más para poner atención. Gestos, miradas, inclusive posiciones corporales. Muchas veces he visto que por apurarse la gente demora más. Por no tener paciencia y esperar algunos segundos, terminan haciendo malabares innecesarios. Por estar a la defensiva, la gente ni siquiera entiende que alguien quiere ayudarle, porque ni se les cruza por la cabeza eso. Si ellos ni piensan en ayudar a nadie… ¿por qué habría alguien de querer ayudarles? Vivimos en un mar de locura eternamente embravecido. Y así muchas veces no vemos lo que tenemos delante de nuestras propias narices. Mucho menos podríamos entonces ver a los demás, que siguen igualmente atolondrados.
De pronto podemos encontrarnos aturdidos y distraídos de lo esencial, nuestros deseos. Los sentidos se abruman en la vorágine.
Comúnmente no tenemos tiempo para detenernos a mirar, a escuchar, a sentir nuestro entorno. Me pregunto: ¿vale la pena seguir enajenándonos inmersos en este frenesí?
Los sentidos son nuestra herramienta para conectarnos con lo que nos rodea, y más importante aún, con quienes nos rodean. Nos sirven para mantener nuestra calidez humana. No me gustaría darme cuenta que los estoy desaprovechando.
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